Ecos de se presenta como un grupo de personas con ganas de hacer cosas. Apelan a la capacidad de agencia y responsabilidad de los diseñadores y diseñadoras para transformar y regenerar el planeta, tomando parte activa en los procesos de diseño para hacer de este mundo un lugar más sostenible, justo y bello. Una iniciativa impulsada por SNGULAR, EGGS Design, Daniela Rogoza y La Nave Nodriza.
El pasado 1 de octubre fui invitado por el evento para hablar de el papel del diseño frente a la sostenibilidad y la revolución de la inteligencia artificial. Tuve la fortuna de compartir con Rosa Narváez e Isa Ludita, bajo la dinamización de David Álvarez de Sngular.
Aunque este espacio lo suelo usar para reflexionar sobre los temas que estoy estudiando, traigo aquí este encuentro porque me permitió pensar con más calma sobre el papel de la IA dentro de la cadena de valor de una empresa: como proveedora de conocimiento, como sustitutiva del capital humano, como optimizadora de procesos o como parte de la atención al cliente.
IA e impacto
El elefante en la sala sigue siendo la huella hídrica y de carbono generada por la computación. Existen datos alarmantes, como los litros de agua utilizados cada vez que pedimos a la IA que genere una imagen. Un estudio de la Universidad de Massachusetts estima que producir 100 palabras puede requerir hasta un litro de agua para enfriar los servidores.
Sin embargo, estos datos son parciales, filtrados por las propias universidades y las grandes tecnológicas. Todavía no tenemos una conciencia real ni transparente del impacto ambiental que implica esta revolución.
IA en la cadena de valor
Durante la conversación surgió un concepto interesante: el FOMO —fear of missing out— que antes asociábamos a redes sociales o criptomonedas, pero que ahora aparece en las empresas ante el temor de quedarse atrás en la implementación de la IA.
También surgió la preocupación de “dejar a las personas atrás”. En muchos casos, incluir IA en los procesos productivos puede sustituir equipos de trabajo enteros. Esto contrasta con la visión de la IA como copiloto: una herramienta para acelerar procesos, pero… ¿acelerar para qué? (para mí, una de las preguntas más potentes del debate).

IA y ética
El campo de batalla está planteado. Más de 400 artistas británicos —entre ellos Dua Lipa, Elton John o Coldplay— firmaron una carta abierta al primer ministro Keir Starmer en mayo de 2025, solicitando una enmienda a la Ley de Datos que obligue a las tecnológicas a revelar si han utilizado obras protegidas por derechos de autor para entrenar sus modelos de inteligencia artificial generativa.
Y no es un debate nuevo. En 2016, el propio Hayao Miyazaki, tras ver una animación generada por IA, reaccionó con tristeza y repulsión:
“Creo firmemente que esto es un insulto a la vida misma… Me parece que estamos perdiendo la fe en nosotros mismos como seres humanos.”
IA y el conocimiento humano
El concepto de “deuda cognitiva”, acuñado por el equipo liderado por la Dra Nataliya Kosmyna del MIT Media Lab, describe cómo la delegación constante de tareas a la IA puede debilitar nuestras funciones cognitivas: razonamiento, memoria, creatividad. La dependencia tecnológica reduce el esfuerzo mental y nos lleva, casi sin darnos cuenta, a depender de un tutor externo que nos guía y nos dice cómo pensar.

IA y el futuro del diseño
Hoy resulta casi imposible calibrar cuál será nuestro futuro post-IA. Esta tecnología no solo cambia la forma en que producimos o consumimos, sino que replantea nuestra relación con el conocimiento y el sentido de lo humano. Recuerdo una charla de mi amigo Albert Cañigueral, en la que comparaba esta revolución con tres grandes hitos históricos: la imprenta, la máquina de vapor y la inteligencia artificial.
La primera descentralizó el conocimiento, provocando una revolución cultural y social que quebró estructuras milenarias. La segunda acortó distancias y creó las bases de la modernidad industrial. La tercera, la IA, podría redefinir lo que entendemos por humanidad y creatividad.
Quizá sea el momento de volver a mirar el diseño no solo como una herramienta de creación, sino como un espacio para imaginar sociedades posibles. Un lugar donde la inteligencia —humana y artificial— se encuentre para repensar el propósito, la ética y la belleza de lo que hacemos.
Porque el verdadero desafío no está en construir máquinas que piensen por nosotros, sino en aprender a pensar mejor con ellas.


