Reflexiones desde la Gran Kedada Rural

“Si no resolvemos los desafíos del mundo rural, no llegaremos a conseguir los ODS”. Así sentenciaba Iván del Caz en la presentación del libro Territorio de Oportunidades, en el marco de la Gran Kedada Rural, celebrada en Kuartango, Álava. Una frase que pone en contexto la emergencia silenciosa que vive hoy el mundo rural en España.

En este post quiero recopilar algunos de los aprendizajes que me traje durante esos tres días de inspiración y disfrute en medio de la naturaleza, en Euskadi. Importante aclarar que no todos surgieron en el marco de ponencias y charlas. Algunas de las conversaciones más valiosas aparecieron en los pasillos, en la terraza o durante un paseo por el campo.

Si desde los medios de comunicación se transmite la idea de que vivir en el campo es un sacrificio, ¿Cómo podemos hacer que el rural vuelva a llenarse de vida?”, nos decía Ramón Roa en la presentación del documental Alternativas que suman. Su reflexión ponía sobre la mesa la necesidad de cambiar la narrativa: superar los tópicos que presentan el rural como un espacio atrasado, para visibilizar que también ofrece oportunidades de desarrollo personal, de cuidado y de vida comunitaria que muchas veces escapan a la lógica urbana.

En ese mismo coloquio se presentó la Escuela Agroecológica, un proyecto formativo que busca consolidar las distintas patas de un proyecto agroecológico: desde la dimensión técnico-productiva hasta los cuidados internos del propio proyecto.

paisaje

Aprender de las dinámicas rurales

La segunda reflexión vino de Raúl Contreras, de Nittúa: “Nos tenemos que apalancar en lo rural para conseguir las transformaciones que necesita el sistema”. Su planteamiento no parte de contraponer lo rural frente a lo urbano, sino de aprender del rural para avanzar las dinámicas del sistema socioeconómico actual. Los valores propios del territorio —la pertenencia, el sentido comunitario, la convivencia armónica con la naturaleza— son palancas para la transformación que necesitamos.

Este enfoque dialoga con las palabras de Paco Boya, que nos invitaba a recordar que no existe un único territorio rural, sino miles de rurales con características únicas e irrepetibles. Desde esa perspectiva, es evidente que no podemos legislar el rural con las reglas de la ciudad. Un ejemplo claro: durante la pandemia, la normativa que prohibía salir de casa era absurda en aldeas de 30 habitantes, como en la Sierra de la Demanda en Burgos o en el Couto Mixto en Galicia.

La tercera reflexión es personal. Como migrante, siempre me ha interesado la relación entre centro y periferia: el centro concentra y homogeneiza, mientras que la periferia disuelve y diversifica. Desde esta perspectiva, comprendo por qué conceptos como la autogestión, la circularidad o la cooperación están más arraigados en el mundo rural. Me gusta pensar que en estos territorios se encuentran algunos de los aprendizajes más valiosos para el futuro: el cuidado mutuo, la resiliencia comunitaria y la regeneración de los territorios locales. Observo estas dinámicas con la certeza de que no son reliquias del pasado, sino herramientas para imaginar y construir nuevos caminos. El rural no es la sombra de la ciudad; es un faro que nos recuerda que otros horizontes son posibles, si tenemos la valentía de mirarlos y de acompañar a quienes ya los recorren.

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